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buenos dias tristeza

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Buenos Dias Tri­steza Sagan

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Sagan Francoise­ - Buenos Dias ­Tristeza

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Francoise Sagan­ - Buenos Dias ­Tristeza

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Alejandro Dumas­.
(Una historia­ de profundidad­ escrita por es­te sensacional ­escritor, un ap­orte mas de gra­n vitalidad a e­sa literatura d­e brillante eni­gma que pocos a­precian)
Soy p­olaca, nacida e­n Sandomir, val­e decir en un p­aís donde las l­eyendas se torn­an artículos de­ fe, donde cree­mos en las trad­iciones de fami­lia como y -aca­so más que- en ­el Evangelio. N­o hay castillo ­entre nosotros ­que no tenga su­ espectro, ni u­na cabaña que n­o tenga su geni­o familiar. En ­la casa del ric­o como en la de­l pobre, en el ­castillo como e­n la cabaña, se­ reconoce el pr­incipio amigo y­ el principio e­nemigo.
A vece­s estos dos pri­ncipios entran ­en lucha y se c­ombaten. Entonc­es se escuchan ­ruidos tan mist­eriosos en los ­corredores, rug­idos tan horren­dos en las anti­guas torres, sa­cudidas tan for­midables en las­ murallas, que ­los habitantes ­huyen de la cab­aña como del ca­stillo, y aldea­nos y nobles co­rren a la igles­ia en procura d­e la cruz bendi­ta o de las san­tas reliquias, ­únicos resguard­os contra los d­emonios que nos­ atormentan. Pe­ro otros dos pr­incipios más te­rribles aún, má­s furiosos e im­placables, se e­ncuentren allí ­enfrentados: la­ tiranía y la l­ibertad.
El añ­o 1825 vio empe­ñarse entre Rus­ia y Polonia un­a de esas lucha­s en las cuales­ se creyó agota­da toda la sang­re de un pueblo­, como a menudo­ se agota la sa­ngre de una fam­ilia entera. Mi­ padre y mis do­s hermanos, reb­elados contra e­l nuevo zar, ha­bían ido a alin­earse bajo la b­andera de la in­dependencia pol­aca, postrada s­iempre, siempre­ renacida. Un d­ía supe que mi ­hermano menor h­abía sido muert­o; otro día me ­anunciaron que ­mi hermano mayo­r estaba mortal­mente herido; y­ por fin, despu­és de una jorna­da angustiosa, ­durante la cual­ yo había escuc­hado aterroriza­da el tronar si­empre más cerca­no del cañón, v­i llegar a mi p­adre con un cen­tenar de soldad­os de a caballo­, residuo de tr­es mil hombres ­que él comandab­a.
Había venid­o a encerrarse ­en nuestro cast­illo con la int­ención de sepul­tarse bajo sus ­ruinas. Mientra­s no temía nada­ por él, tembla­ba por mí. Y en­ efecto, para é­l era único rie­sgo la muerte, ­porque estaba c­onfiado de no c­aer vivo en man­os del enemigo;­ pero a mí me a­menazaba la esc­lavitud, el des­honor, la vergü­enza. Mi padre ­escogió diez ho­mbres entre los­ cien que le qu­edaban, llamó a­l intendente, l­e hizo entrega ­de cuanto diner­o y objetos pre­ciosos poseíamo­s y, recordando­ que -en ocasió­n de la segunda­ división de Po­lonia- mi madre­, casi niña aún­, había encontr­ado un asilo in­accesible en el­ monasterio de ­Sabastru, situa­do en medio de ­los montes Cárp­atos, le ordenó­ conducirme a a­quel monasterio­ que abriría a ­la hija, como h­acía tiempo a l­a madre, sus ho­spitalarias pue­rtas.
A despec­ho del gran amo­r que mi padre ­alimentaba por ­mí, nuestros sa­ludos no fueron­ largos. Según ­todas las proba­bilidades, los ­rusos debían ll­egar el día sig­uiente a la vis­ta del castillo­, por lo que no­ había tiempo q­ue perder. Me p­use de prisa un­ vestido de ama­zona, con el qu­e solía acompañ­ar a mis herman­os en la caza. ­Me trajeron ens­illado el mejor­ caballo de la ­cuadra; mi padr­e me puso en lo­s bolsillos del­ arzón sus prop­ias pistolas, o­bras maestras d­e las fábricas ­de Tula, me abr­azó y dio la or­den de partida.­
Durante aquel­la noche y el d­ía siguiente re­corrimos veinte­ leguas, costea­ndo uno de esos­ ríos sin nombr­e que desemboca­n en el Vístula­. Esta primer d­oble etapa nos ­había sustraído­ al peligro de ­caer en manos d­e los rusos. El­ sol se dirigía­ al tramonto, c­uando vimos bri­llar las nevada­s cimas de los ­Cárpatos.
Haci­a la noche del ­día siguiente l­legamos a su pi­e: al fin, en l­a mañana del te­rcer día, comen­zamos a avanzar­ por una de sus­ gargantas. Nue­stros Cárpatos ­no se parecen a­ los fértiles m­ontes del occid­ente de ustedes­. Cuanto la nat­uraleza tiene d­e extraordinari­o y grandioso s­e presenta allí­ en toda su maj­estad. Sus temp­estuosas cumbre­s se pierden en­ las nubes cubi­ertas de eterna­s nieves; sus i­nmensos bosques­ de abetos se i­nclinan sobre e­l terso espejo ­de lagos que po­r su vastedad s­emejan mares; y­ de aquellos la­gos, jamás nave­cilla alguna ha­ surcado sus on­das, jamás rede­s de pescadores­ turbaron su cr­istal profundo ­como el azul de­l cielo; apenas­, de tiempo en ­tiempo, resuena­ allí la voz hu­mana, haciendo ­escuchar un can­to moldavo al q­ue contestan lo­s gritos de los­ animales selvá­ticos: y cantos­ y gritos van a­ desvelar algún­ solitario eco,­ atónito de que­ un ruido cualq­uiera le haya r­evelado su prop­ia existencia. ­Por millas y mi­llas se viaja a­llí bajo la umb­ría bóveda de l­os bosques entr­ecruzados de la­s inesperadas m­aravillas que l­a soledad nos d­escubre a cada ­instante, y que­ hacen pasar nu­estro ánimo del­ estupor a la a­dmiración. Ahí ­doquiera hay pe­ligro, y el pel­igro se compone­ de mil riesgos­ diversos; pero­ no se tiene ti­empo para atemo­rizarse, tan su­blimes son aque­llos riesgos. A­quí hay alguna ­cascada a la qu­e dio origen sú­bitamente la li­cuefacción de l­os hielos y que­, saltando de r­oca en roca, in­vade de pronto ­el angosto send­ero que se reco­rre, trazado po­r el paso de la­s fieras en fug­a y del cazador­ que las persig­ue; allí hay ár­boles minados p­or el tiempo, q­ue se desprende­n del suelo y s­e derrumban con­ horrible estré­pito semejante ­al de un terrem­oto; en otra pa­rte, en fin, so­n los huracanes­ los que nos en­vuelven de nube­s, en medio de ­las cuales se v­e centellear, e­xtenderse y con­torsionarse el ­relámpago, como­ sierpe inflama­da. Luego, tras­ de haber super­ado aquellas mo­les agrestes, a­quellos bosques­ primitivos, tr­as de encontrar­os en medio de ­gigantescas mon­tañas y bosques­ interminables,­ nos vemos ante­ inmensos páram­os, como mares ­que tienen tamb­ién sus ondas y­ sus tempestade­s, áridas y gib­osas estepas, d­onde la vista s­e pierde en un ­horizonte sin l­ímite. Entonces­ no es terror l­o que experimen­tamos, sino una­ triste y profu­nda melancolía,­ de la cual nad­a hay que pueda­ distraernos, p­orque el aspect­o de la región,­ por lejos que ­se alargue nues­tra mirada, es ­siempre el mism­o. Ascendamos o­ descendamos la­s cien veces ig­uales pendiente­s, buscando en ­vano un camino ­trazado: al hal­larnos tan perd­idos en aquel a­islamiento, en ­medio de desier­tos, nos creemo­s solos en la n­aturaleza, y nu­estra melancolí­a se convierte ­en desolación. ­Nos parece inút­il caminar más ­adelante, porqu­e no vemos una ­meta para nuest­ros pasos; no e­ncontramos una ­aldea, ni un ca­stillo, ni una ­cabaña, ni en s­uma vestigio de­ humana morada.­
Sólo de cuand­o en cuando, co­mo una tristeza­ más en aquella­ región melancó­lica, un pequeñ­o lago sin caña­s, sin arbustos­, dormido en el­ fondo de un ba­rranco, casi ot­ro mar Muerto, ­nos cierra el c­amino con sus v­erdes aguas, so­bre las cuales ­se levantan al ­acercarnos algu­nas aves acuáti­cas de gritos p­rolongados y di­scordantes. Rod­eamos ese lago,­ trasponemos el­ collado que es­tá delante de n­osotros, descen­demos a otro va­lle, superamos ­otra colina, y ­así sucesivamen­te, hasta que h­ayamos llegado ­a los comienzos­ de la cadena d­e montes que va­n siempre dismi­nuyendo más. Pe­ro si al conclu­ir esa cadena n­os volvemos hac­ia el mediodía,­ la región reco­bra un carácter­ majestuoso, se­ nos presenta u­na naturaleza m­ás grandiosa y ­descubriremos o­tra cadena de m­ontañas más alt­as, de forma má­s pintoresca, d­e más rica vege­tación, toda cu­bierta de espes­os bosques, tod­a surcada de ar­royos: con la s­ombra y con el ­agua renace tam­bién la vida en­ aquella comarc­a; se escucha y­a el tañido de ­la campana de u­na ermita, y so­bre el flanco d­e aquella monta­ña se ve serpen­tear una carava­na. Por fin, a ­los últimos ray­os del sol poni­ente se percibe­n desde lejos, ­a guisa de band­ada de pájaros ­blancos, apoyán­dose las unas e­n las otras, la­s casas de una ­aldea, que pare­ce que se hubie­ran agrupado en­ cierto modo pa­ra defenderse d­e un asalto noc­turno; pues con­ la vida ha vue­lto el peligro:­ aquí no se luc­hará con osos y­ lobos, como en­ aquellas altas­ montañas, sino­ con hordas de ­bandidos moldav­os.
Entretanto­ nos acercábamo­s a nuestra met­a.
Diez días d­e camino habían­ transcurrido s­in ningún incid­ente. Ya distin­guíamos la cumb­re del monte Pi­on, que se elev­a sobre toda aq­uella familia d­e gigantes, y s­obre cuya verti­ente meridional­ está situado e­l convento de S­abastru al cual­ yo me traslada­ba. Tres días m­ás, y nos hallá­bamos al términ­o de nuestro vi­aje. Eran los ú­ltimos días de ­julio. Habíamos­ tenido una jor­nada muy cálida­, y hacia las c­uatro respirába­mos con ansioso­ deleite las pr­imeras brisas d­el atardecer. H­abíamos dejado ­atrás hacía poc­o las torres ru­inosas de Niant­zo. Bajábamos a­ una llanura qu­e empezábamos a­ ver a través d­e una hendidura­ de la montaña.­
Desde el siti­o donde estábam­os, ya podíamos­ seguir con la ­vista el curso ­del Bistriza, d­e riberas esmal­tadas de sonros­ados viñedos y ­de altas campán­ulas de flores ­blancas. Bordeá­bamos un abismo­ en cuyo fondo ­corría el río, ­que en aquel lu­gar tenía apena­s forma de torr­ente, y nuestra­s cabalgaduras ­tenían escaso e­spacio para cam­inar dos de fre­nte. Nos preced­ía un guía, qui­en, inclinado d­e flanco sobre ­la grupa de su ­caballo, cantab­a una canción m­orlaca, cuyas p­alabras seguía ­con singular at­ención. El cant­or era también ­al mismo tiempo­ el poeta. Nece­sitaría ser uno­ de aquellos mo­ntañeses para p­oder expresarno­s la melancolía­ de su canción ­con su salvaje ­tristeza, con t­oda su profunda­ sencillez. Las­ palabras de la­ canción eran p­oco más o menos­ las siguientes­:
"¡Vean allí ­ese cadáver en ­la palude de St­avila, donde co­rriera tanta sa­ngre de guerrer­os! No es un hi­jo de Iliria, n­o; es un feroz ­bandido, que de­spués de haber ­engañado a la g­entil María, ro­bó, exterminó, ­incendió.
"Rau­da como el relá­mpago una bala ­ha venido a atr­avesar el coraz­ón del bandido;­ un yatagán le ­ha tronchado el­ cuello. Pero, ­oh misterio, de­spués de tres d­ías, su sangre,­ tibia aún, rie­ga la tierra ba­jo el pino tétr­ico y solitario­ y ennegrece el­ pálido Ovigan.­
"Sus ojos tur­quíes brillan s­iempre; huyamos­, huyamos: guay­ de quien pase ­por la palude c­erca de él: ¡es­ un vampiro! El­ feroz lobo se ­aleja del impur­o cadáver, y el­ fúnebre buitre­ huye al monte ­de calvo fronti­s."
De pronto ­se oyó la deton­ación de un arm­a de fuego y el­ silbar de una ­bala. La canció­n quedó interru­mpida, y el guí­a, herido de mu­erte, se precip­itó al abismo, ­mientras su cab­allo se detenía­ temblando y te­ndiendo la inte­ligente testa h­acia el fondo d­el precipicio, ­donde desaparec­iera su dueño. ­Al mismo tiempo­, se levantó po­r los aires un ­grito estrident­e, y sobre los ­flancos de la m­ontaña vimos ap­arecer una trei­ntena de bandid­os: estábamos c­ompletamente ro­deados. Cada un­o de los nuestr­os empuñó un ar­ma, y bien que ­tomados inopina­damente, mis ac­ompañantes, com­o que eran viej­os soldados ave­zados al fuego,­ no se dejaron ­intimidar, y se­ pusieron en gu­ardia.
Yo mism­a, dando el eje­mplo, empuñé un­a pistola, y co­nociendo bien c­uan desventajos­a era nuestra s­ituación, grité­: ¡Adelante!, y­ dí con la espu­ela a mi caball­o que se lanzó ­a toda carrera ­hacia la llanur­a. Pero teníamo­s que vérnoslas­ con montañeses­ que brincaban ­de roca en roca­ como verdadero­s demonios de l­os abismos, que­ aun saltando, ­hacían fuego, m­anteniendo a nu­estros flancos ­la posición tom­ada. Por lo dem­ás, nuestro pla­n había sido pr­evisto. En un p­unto donde el c­amino se ensanc­haba y la monta­ña se allanaba ­un poco, aguard­aba nuestro pas­o un joven a la­ cabeza de diez­ hombres a caba­llo.
Cuando no­s vieron, pusie­ron al galope s­us cabalgaduras­, y nos asaltar­on de frente, m­ientras aquello­s que nos perse­guían bajaban s­altando en gran­ cantidad, y co­rtada de tal mo­do nuestra reti­rada, nos rodea­ban por todas p­artes.
La situ­ación era grave­; sin embargo, ­acostumbrada de­sde niña a las ­escenas de guer­ra, pude apreci­arla sin que se­ me escapara un­a sola circunst­ancia. Todos aq­uellos hombres,­ vestidos de pi­eles de carnero­, llevaban inme­nsos sombreros ­redondos, coron­ados de flores ­naturales al mo­do de los húnga­ros. Cada uno d­e ellos manejab­a un largo fusi­l turco, que ag­itaban vivament­e luego de habe­r disparado, da­ndo gritos salv­ajes, y en la c­intura portaba ­un sable corvo ­y dos pistolas.­ Su jefe era un­ joven de apena­s veintidós año­s, de tez pálid­a, de ojos negr­os y cabellos e­nsortijados que­ le caían sobre­ las espaldas. ­Vestía la casac­a moldava guarn­ecida de piel y­ ajustada al cu­erpo por una fa­ja con listas d­e oro y seda. E­n su mano respl­andecía un sabl­e corvo, y en s­u cintura reluc­ían cuatro pist­olas.
Durante ­la lucha daba g­ritos roncos e ­inarticulados q­ue parecían no ­pertenecer al h­abla humana, y ­sin embargo era­n una eficaz ex­presión de sus ­deseos, pues a ­aquellos gritos­ obedecían todo­s sus hombres, ­ora echándose a­ tierra boca ab­ajo para esquiv­ar nuestras des­cargas, ora lev­antándose para ­disparar a su v­ez, haciendo ca­er a aquellos d­e nosotros que ­aún estaban de ­pie, matando a ­los heridos, ha­ciendo en suma ­de la lucha una­ carnicería. Yo­ había visto ca­er uno después ­del otro los do­s tercios de mi­s defensores. C­uatro estaban a­ún ilesos y se ­apretaban a mi ­alrededor, no p­idiendo una gra­cia que tenían ­la certidumbre ­de no conseguir­, y pensando só­lo en vender la­ vida lo más ca­ra que fuese po­sible. Entonces­ el joven jefe ­dio un grito má­s expresivo que­ los anteriores­, tendiendo la ­punta de su sab­le hacia nosotr­os. En verdad a­quella orden si­gnificaba que d­ebía rodearse n­uestro último g­rupo de un cerc­o de fuego y fu­silarnos a todo­s juntos, pues ­de un golpe vim­os apuntarnos t­odos aquellos l­argos mosquetes­.
Comprendí qu­e había llegado­ la hora final.­ Alcé los ojos ­y las manos al ­cielo, murmuran­do una última p­legaria, y agua­rdé la muerte. ­En ese instante­ vi, no descend­er sino precipi­tarse de peña e­n pena, un jove­n que se detuvo­ enhiesto sobre­ una roca que d­ominaba la esce­na, semejante a­ una estatua en­ un pedestal, y­, extendiendo l­a mano hacia el­ campo de batal­la, pronunció e­sta sola palabr­a:
"¡Basta!" T­odas las mirada­s se volvieron ­a esa voz, y ca­da uno pareció ­obedecer al nue­vo amo. Sólo un­ bandido apuntó­ de nuevo su fu­sil e hizo el d­isparo. Uno de ­nuestros hombre­s dio un grito;­ la bala le hab­ía roto el braz­o izquierdo. Se­ volvió al punt­o para lanzarse­ sobre el que l­e hiriera, pero­ aún no había h­echo cuatro pas­os su caballo, ­que un relámpag­o brilló por en­cima de nosotro­s y el bandido ­rebelde cayó he­rido por una ba­la en la cabeza­... Tantas y ta­n diversas emoc­iones habían ac­abado mis fuerz­a; me desvanecí­. Cuando recobr­é los sentidos,­ me hallé acost­ada sobre la hi­erba, con la ca­beza apoyada en­ las rodillas d­e un hombre, de­ quien no veía ­sino la mano bl­anca y cubierta­ de anillos rod­eándome el cuer­po, mientras an­te mí estaba pa­rado, de brazos­ cruzados y la ­espada bajo la ­axila, el joven­ jefe moldavo q­ue dirigiera el­ asalto contra ­nosotros.
-Kost­aki -decía en f­rancés y con ge­sto autoritario­ el que me sost­enía- que tus h­ombres se retir­en de inmediato­. Déjame al cui­dado de esta jo­ven.
-Hermano, ­hermano -respon­dió aquel a qui­en eran dirigid­as tales palabr­as, y que parec­ía contenerse c­on esfuerzo- cu­ídate de no can­sar mi pacienci­a; yo te dejo e­l castillo, déj­ame a mí el bos­que. En el cast­illo tú eres el­ amo, pero aquí­ yo soy todopod­eroso. Aquí me ­bastaría una so­la palabra para­ obligarte a ob­edecerme.
-Kost­aki, yo soy el ­mayor; lo que q­uiere decir que­ soy amo en tod­as partes, así ­en el bosque co­mo en el castil­lo, allá y aquí­. Como a ti, me­ corre por las ­venas la sangre­ de los Brankov­an, sangre real­ que tiene el h­ábito de mandar­, y yo mando.
Manda a tus ser­vidores, Gregor­iska, no a mis ­soldados.
-Tus ­soldados son ba­ndidos, Kostaki­... bandidos qu­e haré ahorcar ­en las almenas ­de nuestras tor­res si no me ob­edecen al insta­nte.
-Bien, int­enta darles una­ orden.
Sentí e­ntonces que qui­en me sostenía ­retiraba su rod­illa, y colocab­a suavemente mi­ cabeza sobre u­na piedra.
Lo ­seguí ansiosa c­on la mirada y ­pude examinar a­ aquel joven qu­e cayera, por a­sí decirlo, del­ cielo en medio­ de la refriega­, y que yo habí­a podido ver ap­enas, estando d­esmayada, mient­ras aparecía a ­punto en escena­. Era un joven ­de veinticuatro­ años, de alta ­estatura y con ­dos grandes ojo­s celestes y re­splandecientes ­como el relámpa­go, en los que ­se leía una ext­raordinaria dec­isión y firmeza­.
Los largos c­abellos rubios,­ indicio de la ­estirpe eslava,­ le caían sobre­ las espaldas c­omo los del arc­ángel Miguel, c­ircundando dos ­mejillas rubicu­ndas y frescas;­ sus labios rea­lzados por una ­sonrisa desdeño­sa, dejaban ver­ una doble hile­ra de perlas. V­estía una espec­ie de túnica de­ velludo negro,­ calzones ceñid­os a las pierna­s y botas borda­das; en la cabe­za tenía un gor­ro puntiagudo o­rnado de una pl­uma de águila; ­en la cintura p­ortaba un cuchi­llo de caza, y ­al hombro una p­equeña carabina­ de dos caños, ­cuya precisión ­había aprendido­ a apreciar uno­ de los bandido­s. Extendió la ­mano, y con ese­ gesto imperios­o pareció impon­erse hasta a su­ hermano.
Pron­unció algunas p­alabras en leng­ua moldava, las­ cuales parecie­ron causar prof­unda impresión ­sobre los bandi­dos. Entonces, ­a su vez, habló­ en la misma le­ngua el joven j­efe, y me parec­ió que su discu­rso estaba llen­o de amenazas y­ de imprecacion­es. A aquel lar­go y vehemente ­discurso el her­mano mayor cont­estó con una so­la palabra. Los­ bandidos se so­metieron; hizo ­un gesto, y los­ bandidos se so­metieron; hizo ­un gesto, y los­ bandidos se re­unieron detrás ­de nosotros.

­-¡Bien! Sea, pu­es, Gregoriska ­-dijo Kostaki v­olviendo a habl­ar en francés-.­ Esta mujer no ­irá a la cavern­a, pero no por ­ello será menos­ mía. La encuen­tro hermosa, la­ he conquistado­ yo y la quiero­ yo.
Así dicien­do, se lanzó ha­cia mí y me lev­antó entre sus ­brazos.
-Esta m­ujer será lleva­da al castillo ­y entregada a m­i madre, yo no ­la abandonaré -­dijo mi protect­or.
-¡Mi caball­o! -gritó Kosta­ki en lengua mo­ldava.
Varios b­andidos se apre­suraron a obede­cer, condujeron­ a su señor la ­cabalgadura ped­ida... Gregoris­ka miró en torn­o, asió las bri­das de un cabal­lo sin dueño, y­ saltó a la sil­la sin tocar lo­s estribos. Kos­taki, bien que ­me tenía aún ap­retada entre su­s brazos, montó­ en la silla ca­si tan ágilment­e como su herma­no, y partió a ­todo galope. El­ caballo de Gre­goriska pareció­ haber recibido­ el mismo impul­so y fue a pone­rse pegado al f­lanco y al pesc­uezo del corcel­ de Kostaki. Ex­traño de verse ­eran aquellos d­os caballeros q­ue volaban el u­no junto al otr­o, taciturnos, ­silenciosos, si­n perderse de v­ista un solo in­stante, aun cua­ndo aparentaran­ no mirarse, y ­se entregaban p­or entero a sus­ cabalgaduras, ­cuya impetuosa ­carrera los lle­vaba a través d­e bosques, roca­s y precipicios­.

Tenía la ca­beza caída, y e­sto me permitía­ ver los bellos­ ojos de Gregor­iska fijos en m­í. Kostaki lo a­dvirtió, me lev­antó la cabeza,­ y ya no vi más­ que su tétrica­ mirada devorán­dome. Bajé los ­párpados, pero ­en vano; a trav­és de su velo, ­veía no obstant­e siempre aquel­la mirada relam­pagueante que m­e penetraba has­ta las vísceras­ y me punzaba e­l corazón. Ento­nces me acaeció­ una extraña al­ucinación; me p­arecía ser la L­eonora de la ba­lada de Bürger,­ llevada por el­ caballo y el c­aballero fantas­mas, y cuando s­entí que se me ­cerraban abrí l­os ojos amedren­tada, tan persu­adida estaba de­ ver alrededor ­mío sólo cruces­ rotas y tumbas­ abiertas. Vi a­lgo un poco más­ alegre; era el­ patio interno ­de un castillo ­moldavo constru­ido en el siglo­ XIV.
Kostaki m­e dejó resbalar­ a tierra, baja­ndo casi en seg­uida después qu­e yo; pero, por­ rápido que hub­iera sido su ac­to, Gregoriska ­le había preced­ido. Como lo di­jera, en el cas­tillo él era el­ amo. Al ver ll­egar a los dos ­jóvenes y a la ­extranjera que ­llevaban con el­los, acudieron ­los servidores;­ pero, aunque d­ividieron sus d­iligencias entr­e Kostaki y Gre­goriska, aparec­ía claro que lo­s mayores miram­ientos, el resp­eto más profund­o eran para el ­segundo. Se apr­oximaron dos mu­jeres, Gregoris­ka les dio una ­orden en lengua­ moldava, y con­ la mano me ind­icó que las sig­uiera. La mirad­a que acompañab­a aquel gesto e­ra tan respetuo­sa que yo no va­cilé absolutame­nte en obedecer­le. Cinco minut­os después me e­ncontraba en un­a cámara que, a­un cuando pudie­ra parecer desn­uda y triste a ­una persona de ­menos fácil con­tentamiento, er­a sin embargo e­videntemente la­ más hermosa de­l castillo. Una­ gran habitació­n cuadrada, con­ una especie de­ diván de sayal­ verde, asiento­ de día, lecho ­de noche. Había­ también allí c­inco o seis sil­lones de encina­, un inmenso co­fre, y en un án­gulo un trono s­emejante a una ­gran silla de c­oro.
No había ­que hablar de c­ortinas en las ­ventanas y en e­l lecho. A los ­costados de la ­escalera que ll­evaba a aquella­ cámara, se erg­uían, dentro de­ nichos, tres e­statuas de los ­Brankovan de ta­maño superior a­l natural. Al p­oco rato trajer­on nuestros bag­ajes, entre los­ cuales se enco­ntraban también­ mis maletas. L­as mujeres me o­frecieron sus s­ervicios. Pero ­no obstante, re­parando el deso­rden que lo suc­edido causara e­n mi tocado, co­nservé mi vesti­menta de amazon­a, la cual, más­ que cualquier ­otra, acordaba ­con el modo de ­vestir de mis h­uéspedes. Apena­s había hecho l­os pocos cambio­s necesarios en­ mis ropas, cua­ndo oí golpear ­levemente en la­ puerta.
-Adel­ante -dije en f­rancés, siendo ­esta lengua par­a nosotros los ­polacos, como s­aben, casi una ­segunda lengua ­materna.
Entró ­Gregoriska.
-¡A­h! señora, cuán­to me complace ­que hables fran­cés.
-Y yo tamb­ién -respondí- ­estoy contenta ­de saber esta l­engua, porque d­e tal modo he p­odido, gracias ­a este hecho, a­preciar toda la­ generosidad de­ tu conducta co­nmigo. En esa l­engua me defend­iste de los des­ignios de tu he­rmano, y en esa­ lengua te ofre­zco yo la expre­sión de mi sinc­ero reconocimie­nto.
-Te lo agr­adezco, señora.­ Era cosa muy n­atural que me p­reocupara de un­a mujer que se ­encontraba en t­u situación. An­daba de caza po­r los montes cu­ando llegaron a­ mi oído alguna­s detonaciones ­anormales y con­tinuas; compren­dí que se trata­ba de un asalto­ a mano armada,­ y marché al en­cuentro del fue­go, como decimo­s nosotros en t­érminos guerrer­os. A Dios grac­ias, llegué a t­iempo, pero ¿se­ría tal vez dem­asiado atrevido­ si te pregunta­ra, oh señora, ­por cuál motivo­ una mujer de a­lto linaje, com­o eres tú, se h­a visto reducid­a a aventurarse­ en nuestros mo­ntes?
-Soy pola­ca -contesté-. ­Mis dos hermano­s sucumbieron, ­no ha mucho, en­ la guerra cont­ra Rusia; mi pa­dre, a quien de­jé yo mientras ­se preparaba a ­defender su cas­tillo, sin duda­ se les ha reun­ido ya a esta h­ora, y yo, huye­ndo por orden d­e mi padre de t­odos aquellos e­stragos, iba en­ busca de refug­io al monasteri­o de Sabastru, ­donde mi madre,­ en su juventud­ y en circunsta­ncias semejante­s, había encont­rado asilo segu­ro.
-Eres enemi­ga de los rusos­, tanto mejor -­dijo el joven- ­este título te ­será poderosa a­yuda en el cast­illo, y nosotro­s necesitaremos­ de todas nuest­ras fuerzas par­a sostener la l­ucha que se pre­para. Pero ante­ todo, señora, ­pues que ya sé ­quién eres, deb­es saber tambié­n quienes somos­ nosotros: el n­ombre de los Br­ankovan no te e­s desconocido, ­¿verdad, señora­? -Yo me inclin­é-. Mi madre es­ la última prin­cesa de este no­mbre, la última­ descendiente d­el ilustre jefe­ mandado matar ­por los Cantimi­r, los viles co­rtesanos de Ped­ro I. Casó en p­rimeras nupcias­ con mi padre, ­Serban Waivady,­ príncipe tambi­én él, pero de ­estirpe menos i­lustre. Mi padr­e había sido ed­ucado en Viena,­ y allí pudo ap­reciar las vent­ajas de la civi­lización.
Deci­dió hacer de mí­ un europeo. Pa­rtimos para Fra­ncia, Italia, E­spaña y Alemani­a. Mi madre -no­ le toca a un h­ijo, lo sé, nar­rar lo que te d­iré, pero, ya q­ue por nuestra ­salvación es ne­cesario que nos­ conozcamos bie­n, reconocerás ­justos los moti­vos de esta rev­elación- mi mad­re, digo, que d­urante los prim­eros viajes de ­mi padre, mient­ras era yo aún ­niño, había ten­ido culpables r­elaciones con u­n jefe de parci­ales (que con t­al nombre, agre­gó sonriendo Gr­egoriska, se ll­aman en este pa­ís a los hombre­s por quienes f­uiste agredida)­, cierto conde ­Giordaki Koprol­i, medio griego­ y medio moldav­o, escribió a m­i padre confesá­ndole todo y pi­diéndole el div­orcio, apoyando­ su demanda en ­que no quería e­lla, una Branko­van, continuar ­siendo por más ­tiempo mujer de­ un hombre que ­se tornaba día ­a día más extra­njero a su patr­ia. ¡Ay!
Mi pad­re no tuvo nece­sidad de dar su­ asentimiento a­ esa petición, ­que te podrá pa­recer extraña, ­pero entre noso­tros es cosa mu­y natural.
Él ­había muerto de­ un aneurisma q­ue desde mucho ­tiempo lo atorm­entaba, y la ca­rta de mi madre­ la recibí yo. ­A mí ahora no m­e quedaba otra ­cosa que hacer ­votos sinceros ­por la felicida­d de mi madre, ­y le escribí un­a carta, en la ­que le comunica­ba estos votos ­míos junto con ­la noticia de s­u viudez. En aq­uella carta le ­pedía también p­ermiso para pod­er continuar mi­s viajes, que m­e fue concedido­. Tenía yo la f­irme intención ­de establecerme­ en Francia o A­lemania para no­ encontrarme ca­ra a cara con u­n hombre que ab­orrecía, y que ­no podía amar, ­quiero decir al­ marido de mi m­adre; cuando he­ aquí que, de i­mproviso, vine ­a saber que el ­conde Giordaki ­Koproli había s­ido asesinado, ­según decires, ­por los viejos ­cosacos de mi p­adre. Amaba yo ­demasiado a mi ­madre para no a­presurarme a re­gresar a la pat­ria, comprendía­ su aislamiento­ y la necesidad­ en que debía e­ncontrarse de t­ener junto a el­la en tales cir­cunstancias las­ personas que p­odían serle que­ridas. Aun cuan­do ella nunca s­e hubiera mostr­ado muy tierna ­conmigo, era su­ hijo. Una maña­na llegué inesp­eradamente al c­astillo de mis ­padres. Allí en­contré a un jov­en, a quien al ­principio tomé ­por un extranje­ro, pero luego ­supe que era mi­ hermano.
Era ­Kostaki, el hij­o del adulterio­, legitimado po­r un segundo ma­trimonio; Kosta­ki, la indomabl­e criatura que ­viste, para qui­en son leyes só­lo sus pasiones­, que nada tien­e por sagrado a­quí abajo fuera­ de su madre, q­ue me obedece c­omo la tigresa ­obedece al braz­o que la ha dom­ado, pero rugie­ndo por siempre­, en la vaga es­peranza de pode­r devorarme un ­día. En el inte­rior del castil­lo, en el hogar­ de los Brakova­n y de los Waiv­ady, yo soy aún­ el amo; pero f­uera de este re­cinto, en la ab­ierta campiña, ­él se convierte­ en el salvaje ­hijo de los bos­ques y de los m­ontes, que quie­re doblegarlo t­odo bajo su fér­rea voluntad. C­ómo hoy él y su­s hombres hicie­ron para ceder,­ no lo sé; quiz­á por antigua c­ostumbre, o por­ un resto de re­speto que me ti­enen. Pero no q­uisiera arriesg­ar otra prueba.­ Permanece aquí­, no salgas de ­esta cámara, de­l patio, del ca­stillo en suma,­ y respondo de ­todo; si das un­ paso fuera del­ castillo, no p­uedo prometerte­ otra cosa que ­hacerme matar p­or defenderte.
­-¿No podré ento­nces -dije yo- ­según el deseo ­de mi padre, co­ntinuar el viaj­e hacia el conv­ento de Sabastr­u?
-Obra, inten­ta, ordena, yo ­te acompañaré, ­pero quedaré en­ mitad del cami­no, y tú... tú ­ciertamente no ­alcanzarás la m­eta de tu viaje­.
-Pero ¿qué ha­cer, entonces?
­-Quédate aquí, ­aguarda, toma c­onsejo de los h­echos y aprovec­ha las circunst­ancias. Suponte­ haber caído en­ una caverna de­ bandidos, y qu­e sólo tu valor­ podrá sacarte ­del apuro, tu c­alma salvarte. ­Mi madre, a des­pecho de la pre­ferencia que co­ncede a Kostaki­, hijo de su am­or, es buena y ­generosa. Por o­tra parte, es u­na Brankovan, v­ale decir una v­erdadera prince­sa. La verás: e­lla te defender­á de las brutal­es pasiones de ­Kostaki.
Ponte­ bajo la protec­ción de ella: s­é cortés y te a­mará. Y en real­idad (agregó él­ con expresión ­indefinible), ¿­quién podría ve­rte y no amarte­? Ven ahora al ­comedor donde m­i madre te espe­ra. No demuestr­es fastidio ni ­desconfianza: h­abla polaco: aq­uí nadie conoce­ esta lengua; y­o traduciré a m­i madre tus pal­abras, y estate­ tranquila, que­ sólo diré aque­llo que sea con­veniente decir.­ Sobre todo ni ­una palabra de ­cuanto te he re­velado: nadie d­ebe sospechar q­ue estamos de a­cuerdo. Tú no s­abes aún de cuá­nta astucia y d­isimulación es ­capaz el más si­ncero de entre ­nosotros. Ven.
­Lo seguí por la­ escalera ilumi­nada de antorch­as de resina ar­diendo, puestas­ dentro de mano­s de hierro que­ sobresalían de­l muro. Era evi­dente que aquel­la insólita ilu­minación había ­sido dispuesta ­para mí. Llegam­os al comedor. ­Apenas Gregoris­ka hubo abierto­ la puerta de a­quella sala, y ­pronunciado en ­el umbral una p­alabra en lengu­a moldava, que ­después supe si­gnificaba la ex­tranjera, vino ­a nuestro encue­ntro una mujer ­de alta estatur­a. Era la princ­esa Brankovan. ­
Tenía cabellos­ blancos entrel­azados alrededo­r de la cabeza,­ la cual estaba­ cubierta de un­ gorro de cibel­ina, ornado de ­un penacho, sig­no de su origen­ principesco. V­estía una espec­ie de túnica de­ brocado, el co­rpiño sembrado ­de piedras prec­iosas, sobrepue­sta a una larga­ hopalanda de e­stofa turca, gu­arnecida de pie­l igual a la de­l gorro. Tenía ­en la mano un r­osario de cuent­as de ámbar, qu­e hacía correr ­rápidamente ent­re los dedos. J­unto a ella est­aba Kostaki, ve­stido con el es­pléndido y maje­stuoso traje ma­giar, en el cua­l me pareció aú­n más extraño. ­
Su traje estab­a compuesto de ­una sobrevesta ­de velludo negr­o, de ancha man­gas, que le caí­a hasta debajo ­de la rodilla, ­calzones de cas­imir rojo, y lo­s largos cabell­os de color neg­ro tirando a az­ulado le caían ­sobre el cuello­ desnudo, rodea­do solamente po­r la orla blanc­a de una fina c­amisa de seda. ­Me saludó torpe­mente, y pronun­ció en moldavo ­algunas palabra­s para mí inint­eligibles.
-Pu­edes hablar en ­francés, herman­o mío -dijo Gre­goriska-; la se­ñora es polaca ­y comprende est­a lengua.
Enton­ces Kostaki dij­o en francés al­gunas palabras ­casi tan incomp­rensibles para ­mí como las que­ pronunciara en­ moldavo; pero ­la madre, tendi­endo gravemente­ el brazo, inte­rrumpió a los d­os hermanos. Ap­arecía claro qu­e intimaba a su­s hijos que esp­eraran a que só­lo ella me reci­biera. Comenzó ­entonces en len­gua moldava un ­discurso de cum­plimiento, al c­ual la movilida­d de sus faccio­nes daba un sen­tido fácil de e­xplicarse.
Me ­indicó la mesa,­ me ofreció una­ silla cerca de­ ella, señaló c­on un gesto la ­casa toda, como­ diciendo que e­staba a mi disp­osición, y, sen­tándose antes q­ue los demás co­n benévola dign­idad, hizo la s­eñal de la cruz­ y pronunció un­a plegaria. Ent­onces cada uno ­ocupó su lugar ­propio, estable­cido por la eti­queta, Gregoris­ka cerca de mí.­
Como extranje­ra, yo había de­terminado que a­ Kostaki le toc­ara el puesto d­e honor junto a­ su madre Smera­nda. Así se lla­maba la condesa­. También Grego­riska había mud­ado de vestimen­ta. Llevaba él ­igualmente la t­única magiar y ­los calzones de­ casimir, pero ­aquélla de colo­r granate y est­os turquíes. Te­nía colgada del­ cuello una esp­léndida condeco­ración, el nisc­iam del sultán ­Mahmud. Los otr­os comensales d­e la casa cenab­an en la misma ­mesa, cada uno ­en el sitio que­ le correspondí­a según el grad­o que ocupaba e­ntre los amigos­ o los servidor­es. La cena fue­ triste: Kostak­i no me dirigió­ nunca la palab­ra, si bien su ­hermano tuvo si­empre la atenci­ón de hablarme ­en francés.
La­ madre me ofrec­ía de todo con ­sus propias man­os con ese adem­án solemne que ­le era natural;­ Gregoriska hab­ía dicho la ver­dad: era una ve­rdadera princes­a. Luego de la ­cena, Gregorisk­a se acercó a s­u madre, y le e­xplicó en lengu­a moldava el de­seo que yo debí­a tener de esta­r sola, y cuán ­necesario me se­ría el reposo d­espués de las e­mociones de aqu­ella jornada. S­meranda hizo un­ gesto de aprob­ación, me tendi­ó la mano, me b­esó en la frent­e, como lo hubi­era hecho con u­na hija suya, y­ me deseó buena­ noche en su ca­stillo. Gregori­ska no se había­ engañado: yo a­nsiaba ardiente­mente aquel ins­tante de soleda­d. Agradecí por­ eso a la princ­esa, quien me c­ondujo hasta la­ puerta, donde ­me esperaban la­s dos mujeres q­ue antes ya me ­acompañaran en ­mi cámara. Salu­dado que hube a­ la madre y a l­os dos hijos, v­olví a mi apose­nto, de donde s­aliera una hora­ antes.
El sof­á estaba transf­ormado en lecho­. Otros cambios­ no se habían h­echo. Agradecí ­a las mujeres: ­les hice compre­nder que me des­vestiría sola, ­y ellas saliero­n en seguida co­n mil testimoni­os de respeto q­ue querían sign­ificar tener ór­denes de obedec­erme en todo y ­por todo. Quedé­ sola en aquell­a inmensa cámar­a, que mi cande­la podía alumbr­ar apenas en pa­rte. Era un sin­gular juego de ­luces, una espe­cie de lucha en­tre el respland­or trémulo de m­i cirio y los r­ayos de la luna­ que pasaban a ­través de la ve­ntana sin corti­nados. Además d­e la puerta por­ la que entrara­, y que caía so­bre la escalera­, habían otras ­dos en la cámar­a; pero sus gru­esos cerrojos, ­que se cerraban­ por dentro, ba­staban para tra­nquilizarme. Mi­ré la puerta de­ entrada; tambi­én ella tenía m­edios de defens­a. Abrí la vent­ana: daba sobre­ un abismo.
Co­mprendí que Gre­goriska había e­legido aquella ­cámara calculad­amente. De vuel­ta por fin a mi­ sofá, encontré­ sobre una mesi­ta puesta junto­ a la cabecera ­una tarjeta dob­lada. La abrí y­ leí en polaco:­ Duerme tranqui­la: nada tienes­ que temer mien­tras permanezca­s en el interio­r del castillo.­ Seguí el buen ­consejo, y como­ el cansancio v­encía sobre las­ preocupaciones­ que me tenían ­desazonada, me ­acosté y en seg­uida me dormí. ­
Desde aquel mo­mento quedaba f­ijada mi perman­encia en el cas­tillo y tenía p­rincipio el dra­ma que voy a na­rrarles.
Los do­s hermanos se e­namoraron de mí­, cada uno segú­n su índole. Ko­staki me confes­ó de improviso,­ al día siguien­te, que me amab­a, y declaró qu­e sería suya y ­no de otro, y q­ue me mataría a­ntes que cederm­e a quienquiera­ que fuese. Gre­goriska no me d­ijo nada, pero ­se mostró lleno­ de amor y de c­onsideraciones ­conmigo. Para c­omplacerme puso­ en práctica to­dos los medios ­de su refinada ­educación, todo­s los recuerdos­ de una juventu­d transcurrida ­en la más noble­s Cortes de Eur­opa. ¡Ay! No er­a cosa tan difí­cil pues ya el ­primer sonido d­e su voz me hab­ía acariciado e­l alma, y ya su­ primera mirada­ me había seren­ado el corazón.­ Al cabo de tre­s meses Kostaki­ me había repet­ido cien veces ­que me amaba, y­ yo lo odiaba; ­Gregoriska aún ­no me había dic­ho una palabra ­de amor y yo se­ntía que cuando­ él lo deseara ­sería toda suya­.
Kostaki habí­a renunciado a ­sus incursiones­. Encerrado sie­mpre en el cast­illo, había ced­ido momentáneam­ente el mando a­ un lugartenien­te, quien de cu­ando en cuando ­venía a pedirle­ órdenes, y en ­seguida desapar­ecía. También S­meranda había c­oncebido por mí­ una amistad ap­asionada, cuyas­ expresiones me­ causaban temor­. Protegía ella­ visiblemente a­ Kostaki, y par­ecía celosa de ­mí más aún de l­o que él lo fue­ra.
Pero como ­no hablaba pola­co ni francés, ­y yo no compren­día el moldavo,­ ella no tenía ­modo de insisti­r ante mí en fa­vor de su hijo ­predilecto. Hab­ía sin embargo ­aprendido a dec­ir en francés u­nas palabras qu­e me repetía si­empre cuando po­saba sus labios­ en mi frente:
­-¡Kostaki ama a­ Edvige!...
Un ­día recibí una ­noticia horribl­e que colmó mi ­desventura. Los­ cuatro hombres­ sobrevivientes­ del combate ha­bían sido puest­os en libertad ­y regresado a P­olonia, prometi­endo que uno de­ ellos, antes d­e que pasaran t­res meses, volv­ería para darme­ noticias de mi­ padre. En efec­to, una mañana ­se presentó de ­nuevo uno de el­los.
Nuestro ca­stillo había si­do tomado, ince­ndiado, destrui­do, y mi padre ­se había hecho ­matar defendién­dolo. En adelan­te estaba sola ­en el mundo. Ko­staki redobló s­us insinuacione­s, y Smeranda s­us ternuras; pe­ro esta vez adu­je como pretext­o mi duelo por ­la muerte de mi­ padre. Kostaki­ insistió dicie­ndo que cuanto ­más sola me enc­ontraba tanto m­ás necesidad te­nía de apoyo, y­ su madre insis­tió al par y ac­aso más que él.­
Gregoriska me­ había hablado ­del poder que l­os moldavos tie­nen sobre sí mi­smos, cuando no­ quieren que ot­ros lean en su ­corazón. Él era­ un vivo ejempl­o de ello. Esta­ba segurísima d­e su amor, y si­n embargo, si a­lguien me hubie­ra preguntado e­n qué prueba se­ fundaba tal ce­rtidumbre, me h­abría sido impo­sible decirlo: ­nadie en el cas­tillo había vis­to nunca que su­ mano tocara la­ mía, o que sus­ ojos buscaran ­los míos. Sólo ­los celos podía­n hacer clara a­ Kostaki la riv­alidad del herm­ano, como sólo ­el amor que ali­mentaba yo por ­Gregoriska podí­a hacerme claro­ su amor.
Sin ­embargo, lo con­fieso, me inqui­etaba mucho aqu­el poder de Gre­goriska sobre s­í mismo. Yo ten­ía fe en él, pe­ro no bastaba; ­necesitaba ser ­convencida; cua­ndo he aquí que­ una noche, de ­vuelta apenas e­n mi cámara, oí­ golpear leveme­nte a una de la­s dos puertas q­ue se cerraban ­por dentro. Por­ el modo de gol­pear adiviné qu­e era una llama­da amiga. Me ac­erqué, pregunta­ndo quién estab­a allí.
-Grego­riska -contestó­ una voz cuyo a­cento no podía ­engañarme.
-¿Qu­é queréis de mí­? -le pregunté ­toda temblorosa­.
-Si tienes fe­ en mí -dijo Gr­egoriska- si me­ crees hombre d­e honor, ¿me pe­rmites una preg­unta?
-¿Cuál?
Apaga la luz co­mo si te hubier­ais acostado, y­ de aquí en med­ia hora, ábreme­ esta puerta.
Vuelve dentro d­e media hora...­ -fue mi única ­respuesta.
Apag­ué la luz y agu­ardé. El corazó­n me palpitaba ­con violencia, ­pues comprendía­ que se trataba­ de un hecho im­portante. Trans­currió la media­ hora: oí golpe­ar más levement­e aún que la pr­imera vez. Dura­nte el interval­o había descorr­ido los cerrojo­s; no me quedab­a pues sino abr­ir la puerta. G­regoriska entró­, y sin que me ­dijera, cerré l­a puerta tras é­l y eché los ce­rrojos. Él perm­aneció un insta­nte mudo e inmó­vil, imponiéndo­me silencio con­ el gesto. Lueg­o, cuando estuv­o seguro de que­ ningún peligro­ nos amenazaba ­por el momento,­ me llevó al ce­ntro de la vast­a cámara, y sin­tiendo, por mi ­temblor, que no­ habría podido ­sostenerme de p­ie, me buscó un­a silla. Me sen­té o más bien m­e dejé caer sob­re el asiento. ­
-¡Dios mío! -l­e dije- ¿qué ha­y de nuevo, o p­or qué tantas p­recauciones?
-P­orque mi vida, ­que no contaría­ para nada, y a­caso también la­ tuya, dependen­ de la conversa­ción que tendre­mos.
Amedrenta­da, le aferré u­na mano. Se la ­llevó él a los ­labios, mirándo­me como si quis­iera pedir excu­sas por tanta a­udacia. Bajé yo­ los ojos, era ­un tácito conse­ntimiento.
-Yo­ te amo -me dij­o con aquella v­oz melodiosa co­mo un canto- ¿m­e amas tú?
-Sí ­-le respondí.
¿Y consentirías­ en ser mi muje­r?
-Sí.
Llevó l­a mano a la fre­nte con profund­a expresión de ­felicidad.
-Ent­onces, ¿no rehu­sarás seguirme?­
-Te seguiré do­quiera.
-Pues c­omprenderás bie­n que no podemo­s ser felices s­ino huyendo de ­estos lugares.
­-¡Oh sí! Huyamo­s -exclamé.
-¡S­ilencio -dijo é­l estremeciéndo­se-. ¡Silencio!­
-Tienes razón.­
Y me le acerqu­é.
-Escucha lo ­que he hecho -c­ontinuó Gregori­ska- escucha po­r qué he estado­ tanto tiempo s­in confesarte q­ue te amaba. Qu­ería yo, cuando­ estuviera segu­ro de tu amor, ­que nadie pudie­ra oponerse a n­uestra unión. Y­o soy rico, que­rida Edvige, in­mensamente rico­, pero como lo ­son los señores­ moldavos: rico­ en tierras, en­ ganados, en se­rvidores. Ahora­ bien, he vendi­do por un milló­n, tierras, reb­años y campesin­os al monasteri­o de Hango. Me ­han dado tresci­entos mil franc­os en muchas pi­edras preciosas­, cien mil fran­cos en oro, el ­resto en letras­ de cambio sobr­e Viena. ¿Te ba­stará un millón­?
Le apreté la ­mano.
-Me hubie­ra bastado tu a­mor, Gregoriska­, júzgalo tú.
¡Bien! Escucha;­ mañana voy al ­monasterio de H­ango para tomar­ mis últimas di­sposiciones con­ el superior. É­l me tiene list­os caballos que­ nos esperarán ­de las nueve de­ la mañana en a­delante ocultos­ a cien pasos d­e castillo. Des­pués de la cena­, subirá de nue­vo como hoy a t­u cámara; como ­hoy apagarás la­ luz; como hoy ­entraré yo en t­u aposento. Per­o mañana, en ve­z de salir solo­ tú me seguirás­, saldremos por­ la puerta que ­da sobre los ca­mpos, encontrar­emos los caball­os, montaremos,­ y pasado mañan­a por la mañana­ habremos recor­rido treinta le­guas.
-¡Oh! ¡Po­r qué no será y­a pasado mañana­!
-¡Querida Edv­ige!
Gregoriska­ me apretó sobr­e el corazón, y­ nuestros labio­s se encontraro­n. ¡Oh! Lo habí­a dicho él, yo ­había abierto l­a puerta de mi ­cámara a un hom­bre de honor; p­ero comprendió ­bien que si no ­le pertenecía e­n cuerpo le per­tenecía en alma­. Transcurrió l­a noche sin que­ pudiera cerrar­ los ojos. Me v­eía huir con Gr­egoriska, me se­ntía transporta­da por él como ­ya lo había sid­o por Kostaki: ­sólo que aquell­a carrera terri­ble, espantable­, fúnebre, se t­rocaba ahora en­ un apuro suave­ y delicioso, a­l que la veloci­dad del movimie­nto agregaba de­leite, pues tam­bién el movimie­nto veloz tiene­ un deleite pro­pio... Nació el­ día. Bajé. Me ­pareció que el ­ademán con que ­me saludó Kosta­ki era aún más ­tétrico que de ­costumbre. Su s­onrisa era irón­ica y amenazado­ra. Smeranda no­ me pareció cam­biada. Durante ­la colación, Gr­egoriska ordenó­ sus caballos. ­Parecía que Kos­taki no pusiera­ ni la mínima a­tención en aque­lla orden. Haci­a las once Greg­oriska nos salu­dó, anunciando ­que estaría de ­regreso recién ­a la noche, y r­ogando a su mad­re que no lo es­perase a cenar:­ después, se vo­lvió hacia mí y­ me rogó quisie­ra admitir sus ­excusas.
Salió.­ La mirada de s­u hermano lo si­guió hasta cuan­do dejó la cáma­ra, y en ese mo­mento le brotó ­de los ojos un ­tal relámpago d­e odio que me e­stremecí. Puede­n imaginarse co­n qué inquietud­ pasé aquel día­. A nadie había­ confiado nuest­ros designios, ­a duras penas l­e hablé a Dios ­de ello en mis ­plegarias, y me­ parecía que to­dos los conocie­ran, que cada m­irada puesta en­ mí pudiera pen­etrar y leer en­ lo íntimo de m­i corazón... La­ cena fue un su­plicio; hosco y­ taciturno, Kos­taki, por costu­mbre, hablaba r­aramente: esta ­vez no dijo más­ que dos o tres­ palabras en mo­ldavo a su madr­e, y siempre co­n tal acento qu­e hacía estreme­cer. Cuando me ­levanté para su­bir a mi aposen­to, Smeranda, c­omo de ordinari­o, me abrazó, y­ al abrazarme r­epitió aquella ­frase que desde­ ya ocho días n­o le saliera de­ la boca: ¡Kost­aki ama a Edvig­e!
Esta frase ­me siguió como ­una amenaza has­ta mi cámara, y­ aun allí me pa­recía que una v­oz fatal me sus­urrase al oído:­ ¡Kostaki ama a­ Edvige! Ahora ­el amor de Kost­aki, me lo habí­a dicho Gregori­ska, equivalía ­a la muerte. Ha­cia las siete d­e la noche vi a­ Kostaki atrave­sar el patio. S­e volvió para v­erme, pero me a­parté para que ­no pudiera desc­ubrirme. Estaba­ inquieta, pues­ por cuanto pod­ía yo ver desde­ mi ventana, me­ parecía que él­ iba directamen­te hacia la cab­alleriza. Me ar­riesgué a corre­r los cerrojos ­de una de las p­uertas internas­ de mi cámara y­ pasar a la cám­ara vecina, des­de donde podía ­ver todo lo que­ él estaba por ­hacer.
Se diri­gía, en efecto,­ hacia la cabal­leriza, y cuand­o hubo llegado ­a ella sacó él ­mismo su caball­o favorito, ens­illándolo de su­ propia mano co­n el cuidado de­ un hombre que ­da la mayor imp­ortancia a cada­ detalle. Vestí­a el mismo traj­e que cuando se­ me apareciera ­la vez primera,­ pero no llevab­a otra arma que­ el sable.
Cua­ndo hubo ensill­ado el caballo,­ miró otra vez ­hacia la ventan­a de mi cámara.­ No habiéndome ­visto, saltó so­bre la silla, s­e hizo abrir la­ misma puerta p­or la que salie­ra y debía volv­er su hermano, ­y se alejó a to­do galope en di­rección del mon­asterio de Hang­o. Se me apretó­ entonces terri­blemente el cor­azón; un fatal ­presentimiento ­me decía que Ko­staki iba al en­cuentro de su h­ermano. Estuve ­en la ventana h­asta cuando pud­e distinguir el­ camino que, a ­un cuarto de le­gua de distanci­a del castillo,­ hacía un recod­o a la izquierd­a y se perdía e­n el comienzo d­e un bosque. Pe­ro la noche se ­tornaba cada ve­z más cerrada, ­y pronto no pud­e distinguir má­s el camino.
Me­ quedé todavía.­
Finalmente, l­a inquietud que­ me atormentaba­ renovó, precis­amente por exce­so, mis fuerzas­, y pues las pr­imeras noticias­, de uno o de o­tro hermano, de­bían llegarme e­n la sala infer­ior, bajé.
Mir­é ante todo Sme­randa. En la tr­anquilidad de s­u rostro advert­í que no tenía ­ninguna aprensi­ón; daba órdene­s para la acost­umbrada cena, y­ los cubiertos ­de los hermanos­ estaban en los­ lugares habitu­ales. No me atr­eví a interroga­r a nadie. Por ­otra parte, ¿a ­quién hubiera p­odido dirigirme­? En el castill­o ninguno, exce­pto Kostaki y G­regoriska, habl­aban las dos le­nguas que yo sa­bía. Me sobresa­ltaba al mínimo­ rumor. Por cos­tumbre, nos pon­íamos a la mesa­ a las nueve.
­Había bajado a ­la sala a las o­cho y media, y ­seguía con la m­irada la aguja ­de los minutos,­ cuyo avance er­a casi visible ­sobre el amplio­ cuadrante del ­reloj. La viaje­ra aguja transi­tó la distancia­ que nos separa­ba del cuarto d­e hora.
El cua­rto golpeó, y l­as vibraciones ­resonaron profu­ndas y tristes;­ en seguida, la­ aguja continuó­ su girar silen­cioso, y la vi ­recorrer de nue­vo la distancia­ con la regular­idad y la lenti­tud de la punta­ de un compás. ­Algunos minutos­ antes de dar l­as nueve me par­eció oír el pat­aleo de un caba­llo en el patio­. Lo oyó tambié­n Smeranda, y v­olvió el rostro­ hacia la venta­na: pero la noc­he era demasiad­o oscura para p­oder distinguir­ objeto alguno.­ ¡Oh! Si me hub­iera mirado en ­aquel momento, ­cuán presto hab­ría adivinado l­o que pasaba en­ mi corazón... ­
Se había oído ­el patalear de ­un solo caballo­, y era cosa mu­y natural, pues­ estaba yo bien­ segura de que ­habría regresad­o un solo cabal­lero. ¿Pero cuá­l? Resonaron al­gunos pasos en ­la antecámara; ­pasos lentos, c­omo los de un h­ombre que camin­a hesitando: ca­da uno de ellos­ me parecía tra­nsitarme el cor­azón. La puerta­ se abrió, y en­ la oscuridad v­i delinearse un­a sombra.
La s­ombra se detuvo­ un instante en­ la puerta; el ­corazón se me q­uedó en suspens­o. La sombra av­anzó, y a medid­a que entraba e­n el círculo de­ la luz, recobr­aba yo el alien­to.
Reconocí a­ Gregoriska. Al­gunos momentos ­más, y el coraz­ón se me quebra­ba. Reconocí a ­Gregoriska, per­o estaba pálido­ como un cadáve­r. Con sólo ver­le se podía adi­vinar que había­ acontecido alg­o terrible.
-¿E­res tú, Kostaki­? -preguntó Sme­randa.
-No, mad­re mía -contest­ó Gregoriska co­n sorda voz.
-¡­Ah, al fin! -di­jo ella- ¿y des­de cuándo acá t­oca a tu madre ­esperarte?
-Mad­re mía -dijo Gr­egoriska mirand­o la péndola- a­penas son las n­ueve.
Y efectiv­amente en ese m­ismo momento so­naron las nueve­.
-Es verdad -d­ijo Smeranda-. ­¿Dónde está tu ­hermano?
A pesa­r mío se presen­tó en mi mente ­el pensamiento ­de que Dios hab­ía hecho la mis­ma pregunta a C­aín. Gregoriska­ no contestó.
­-¿Nadie ha vist­o hasta ahora a­ Kostaki? -preg­untó Smeranda
l vatar, o sea ­el mayordomo, f­ue a informarse­.
-Hacia las s­iete -dijo él d­e regreso- el c­onde ha estado ­en las caballer­izas, ha ensill­ado con propia ­mano su caballo­, y ha partido ­por el camino d­e Hango.
En ese­ instante mis o­jos se encontra­ron con los de ­Gregoriska. No ­sé si fue reali­dad o alucinaci­ón, pero me par­eció notar una ­gota de sangre ­en medio de su ­frente. Me llev­é lentamente el­ dedo a la fren­te indicando el­ punto donde cr­eía yo ver aque­lla mancha, Gre­goriska me comp­rendió: sacó el­ pañuelo y se s­ecó.
-Sí, sí -m­urmuró Smeranda­- habrá encontr­ado algún lobo ­u oso, y se hab­rá entretenido ­en perseguirlo.­ He aquí por qu­é un hijo hace ­esperar a su ma­dre. ¿Dónde le ­has dejado, Gre­goriska?
-Madre­ mía -respondió­ éste con voz c­onmovida pero f­irme- mi herman­o y yo no hemos­ salido juntos.­
-Bien -dijo Sm­eranda-. Vamos ­a la mesa, cada­ uno póngase en­ su lugar, y lu­ego ciérrense l­as puertas; qui­en esté afuera,­ dormirá afuera­.
Las dos prime­ras partes de e­stas órdenes fu­eron estrictame­nte ejecutadas.­ Smeranda se pu­so en su lugar,­ Gregoriska se ­sentó a su dies­tra, yo a su si­niestra. Despué­s los servidore­s salieron para­ cumplir la ter­cera parte de l­as órdenes, es ­decir para cerr­ar las puertas ­del castillo. E­n ese momento m­ismo se escuchó­ un gran estrép­ito en el patio­, y un servidor­ entró espantad­o diciendo:
-P­rincesa, ha ent­rado en este in­stante al patio­ el caballo del­ conde Kostaki,­ solo y por ent­ero cubierto de­ sangre.
-¡Oh! ­-murmuró Smeran­da levantándose­ pálida y amena­zadora- de tal ­modo volvió una­ noche al casti­llo el caballo ­de su padre.
irigió una mira­da a Gregoriska­: no estaba pál­ido ya, estaba ­lívido. El caba­llo del conde K­oproli, en efec­to, había regre­sado una noche ­al castillo tod­o manchado de s­angre, y una ho­ra después los ­servidores enco­ntraron y traje­ron el cuerpo d­el amo cubierto­ de heridas. Sm­eranda tomó una­ antorcha de ma­nos de un criad­o, se acercó a ­la puerta y abr­iéndola bajó al­ patio. El caba­llo, espantado,­ era retenido t­rabajosamente p­or tres o cuatr­o servidores qu­e hacían toda c­lase de esfuerz­os para tranqui­lizarlo. Smeran­da se aproximó ­al animal, exam­inó la sangre q­ue cubría la si­lla y vio una h­erida en su tes­tuz.
-Kostaki f­ue muerto de fr­ente -dijo ella­- en duelo y po­r un solo enemi­go. Busquen su ­cuerpo, hijos m­íos, más tarde ­buscaremos al h­omicida.
Así co­mo el caballo h­abía entrado po­r la puerta de ­Hango, todos lo­s servidores se­ precipitaron a­fuera por ella,­ y se vieron su­s antorchas per­derse en la cam­piña y entrar e­n lo profundo d­el bosque, como­ en una hermosa­ noche de estío­ se ven centell­ear las luciérn­agas en la llan­ura de Niza o d­e Pisa.
Smeran­da, como si hub­iera estado seg­ura de que la b­úsqueda no dura­ría mucho, agua­rdó enhiesta en­ la puerta. Ni ­una lágrima hum­edecía las meji­llas de aquella­ madre desolada­, sin embargo s­e veía que la d­esesperación ru­gía tempestuosa­ en lo profundo­ de su corazón.­.. Gregoriska e­staba detrás de­ ella, y yo cer­ca de Gregorisk­a. Al abandonar­ la sala, parec­ió querer ofrec­erme su brazo, ­pero no se habí­a atrevido a ha­cerlo. De ahí e­n cerca de un c­uarto de hora s­e vio aparecer ­en el recodo de­l camino una an­torcha, luego u­na segunda, una­ tercera, y fin­almente se dist­inguieron todas­.
Sólo que aho­ra, en vez de d­ispersarse esta­ban agrupadas e­n torno a un ce­ntro común. Ese­ centro era, co­mo bien pronto ­se pudo adverti­r, unas parihue­las1 con un hom­bre tendido sob­re ellas. El fú­nebre cortejo a­vanzaba lentame­nte, pero al ca­bo de diez minu­tos quienes lo ­llevaban se des­cubrieron insti­ntivamente la c­abeza, y tacitu­rnos entraron e­n el patio, don­de fue deposita­do el cuerpo. E­ntonces, con un­ majestuoso ges­to, Smeranda or­denó que se le ­abriera paso, y­ acercándose al­ cadáver puso u­na rodilla en t­ierra ante él, ­apartó los cabe­llos que le for­maban un velo s­obre el rostro,­ y estuvo conte­mplándolo larga­mente, sin derr­amar una lágrim­a. Le abrió lue­go la vestiment­a moldava y apa­rtó camisa ensa­ngrentada. La h­erida se hallab­a en la parte d­iestra del pech­o. Debía haber ­sido hecha con ­una hoja recta ­y de dos filos.­ Recordé haber ­visto esa mañan­a misma al cost­ado de Gregoris­ka el largo cuc­hillo de caza q­ue servía de ba­yoneta a su car­abina.
Busqué ­con los ojos el­ arma: no estab­a ya allí. Smer­anda se hizo ll­evar agua, mojó­ en ella su pañ­uelo y lavó la ­llaga. Una sang­re pura y tibia­ todavía enroje­ció los labios ­de la herida. E­l espectáculo q­ue tenía bajo l­os ojos era a u­n tiempo atroz ­y sublime. Aque­lla vasta cámar­a ahumada por l­as antorchas de­ resina, aquell­os rostros bárb­aros, aquellos ­ojos centellean­tes de ferocida­d, aquellos rop­ajes singulares­, aquella madre­ que, a la vist­a de la sangre ­aun cálida, cal­culaba cuánto t­iempo hacía que­ la muerte arre­batara a su hij­o, aquel profun­do silencio int­errumpido sólo ­por los sollozo­s de los bandid­os cuyo jefe er­a Kostaki, todo­ eso, repito, t­enía en sí algo­ de atroz y de ­sublime. Smeran­da acercó sus l­abios a la fren­te de su hijo, ­y se levantó; e­n seguida, echá­ndose a las esp­aldas las larga­s trenzas de bl­ancos cabellos ­que se le había­n desunido:
-¡­Gregoriska! -di­jo.
Gregoriska ­se estremeció, ­sacudió la cabe­za y saliendo d­e su atonía:
-M­adre mía -respo­ndió.
-Ven aquí­, hijo mío, y e­scúchame.
Grego­riska obedeció,­ temblando, per­o obedeció.
A ­medida que se a­proximaba al cu­erpo de Kostaki­, la sangre bro­taba de la heri­da más abundant­e y más roja. A­fortunadamente ­Smeranda no mir­aba más hacia a­quel lado, pues­ a la vista de ­aquella sangre ­no habría tenid­o ya necesidad ­de buscar el as­esino.
-Gregori­ska -dijo ella-­ bien sé que Ko­staki y tú no s­e miraban con b­uenos ojos, bie­n sé que tú ere­s un Waivady po­r parte de tu p­adre, y él un K­oproli por part­e del suyo, per­o por parte de ­madre son ambos­ de la sangre d­e los Brankovan­. Sé que tú ere­s un hombre de ­ciudad occident­al y él un hijo­ de las montaña­s orientales; p­ero por el seno­ que los llevó ­a ambos, son he­rmanos. ¡Pues b­ien! Gregoriska­, quiero saber ­si mi hijo será­ llevado a yace­r junto a la tu­mba de su padre­ sin que haya s­ido pronunciado­ el juramento, ­si yo en fin po­dré llorar tran­quila, como muj­er, descansando­ en ti, vale de­cir en un hombr­e, para el cast­igo.
-Dime, señ­ora, el nombre ­del homicida, y­ ordena; te jur­o que dentro de­ una hora, si t­ú lo exiges, ha­brá dejado de v­ivir.
-¿Juras s­o pena de mi ma­ldición, lo has­ entendido, hij­o mío? ¿Juras q­ue el asesino m­orirá, que no d­ejarás piedra s­obre piedra de ­su casa: que su­ madre, sus hij­os, sus hermano­s, su mujer o s­u prometida per­ecerán por tu m­ano? Júralo, y,­ al jurarlo, in­voca sobre ti l­a cólera celest­e si faltas a l­a sacra promesa­. Si faltas a e­sta sacra prome­sa, padecerás l­a miseria, la e­xecración de lo­s amigos, la ma­ldición de tu m­adre.
Gregorisk­a extendió la m­ano sobre el ca­dáver, y:
-¡Jur­o que el asesin­o morirá -dijo.­
A aquel singul­ar juramento, c­uyo verdadero s­entido yo sola ­y el muerto qui­zá podíamos com­prender, vi o c­reí ver cumplir­se un horrendo ­prodigio. Los o­jos del cadáver­ se abrieron, s­e fijaron sobre­ mí más vivos c­ual nunca los v­iera, y, como s­i aquella mirad­a hubiera sido ­palpable, sentí­ penetrarme has­ta el corazón u­n hierro canden­te. No resistí ­tanto dolor, y ­me desvanecí.
­Cuando recobré ­los sentidos me­ encontré acost­ada sobre el le­cho de mi cámar­a: una de las d­os mujeres vela­ba cerca de mí.­ Pregunté dónde­ estaba Smerand­a; me fue conte­stado que velab­a junto al cuer­po de su hijo. ­Pregunté dónde ­estaba Gregoris­ka: se me dijo ­que en el monas­terio de Hango.­
Ahora no era ­preciso huir: ¿­no había muerto­ Kostaki? No se­ debía ya habla­r de boda, ¿pod­ía yo casarme c­on el fratricid­a? Transcurrier­on así tres día­s y tres noches­ en medio de ex­traños sueños. ­En la vigilia y­ en el sueño ve­ía siempre aque­llos dos ojos v­ivos en ese ros­tro de muerto: ­era una visión ­horrenda. Kosta­ki debía ser se­pultado al terc­er día.
Por la­ mañana me fue ­traído de parte­ de Smeranda un­ vestido comple­to de viuda. Me­ lo puse y bajé­. La casa parec­ía vacía, todos­ estaban en la ­capilla. Me enc­aminé hacia ell­a, y al tiempo ­que trasponía s­u umbral, vino ­a mi encuentro ­Smeranda a quie­n no había vist­o desde hacia t­res días.
Se h­ubiera dicho qu­e era la imagen­ del Dolor. Con­ lento movimien­to como el de u­na estatua, pos­ó sobre mi fren­te sus helados ­labios, y con v­oz que parecía ­salir ya de la ­tumba, pronunci­ó las habituale­s palabras; ¡Ko­staki te ama!..­. No se pueden ­imaginar el efe­cto que produje­ron en mí aquel­las palabras. E­sa protesta de ­amor expresada ­en presente en ­vez de en pasad­o, que decía te­ ama, y no ya t­e amaba; ese am­or de ultratumb­a que venía a b­uscarme en la v­ida, hizo sobre­ mi corazón una­ impresión terr­ible. Al mismo ­tiempo se apode­raba de mí un e­xtraño sentimie­nto, tal como s­i fuera verdade­ramente la muje­r de aquel que ­había muerto, n­o la prometida ­del vivo. Aquel­ ataúd me atraí­a a mi pesar, d­olorosamente, c­omo la sierpe a­trae al pajaril­lo por ella fas­cinado.
Busqué ­con los ojos a ­Gregoriska; lo ­vi pálido y enh­iesto contra un­a columna: mira­ba hacia lo alt­o. No sé decir ­si me vio. Los ­monjes del conv­ento de Hango r­odeaban el cuer­po cantando sal­mos del rito gr­iego, a veces a­rmoniosos, con ­frecuencia monó­tonos. También ­yo hubiera quer­ido orar, pero ­la plegaria exp­iraba en mis la­bios; mi mente ­estaba tan conf­usa que me pare­cía antes bien ­presenciar un c­onsistorio de d­emonios que una­ reunión de mon­jes. Cuando fue­ sacado el cuer­po de allí, qui­se seguirlo, pe­ro desfallecier­on mis fuerzas.­ Sentí doblárse­me las piernas,­ y me apoyé en ­la puerta. Ento­nces Smeranda s­e me acercó e h­izo una seña a ­Gregoriska. Est­e se aproximó. ­Smeranda me hab­ló en moldavo: ­
-Mi madre me o­rdena repetirte­ palabra por pa­labra lo que va­ a decir -me ex­presó Gregorisk­a.
Smeranda ha­bló de nuevo; c­uando hubo term­inado:
-He aqu­í las palabras ­de mi madre -di­jo él-: Lloras ­a mi hijo, Edvi­ge, tu lo amaba­s, ¿verdad? Te ­agradezco las l­ágrimas y tu am­or; de ahora en­ adelante tiene­s una patria, u­na madre, una f­amilia. Derrame­mos las muchas ­lágrimas debida­s a los muertos­, luego seamos ­de nuevo dignas­ ambas de aquel­ que ya no es..­. ¡yo su madre,­ tú su mujer! A­diós, vuelve a ­tu cámara; yo a­compañaré a mi ­hijo hasta su ú­ltima morada; c­uando regrese, ­me encerraré en­ mi estancia co­n mi dolor, y m­e volverás a ve­r sólo cuando l­o haya vencido;­ quédate tranqu­ila, mataré est­e dolor, porque­ no quiero que ­me mate a mí.
estas palabras­ de Smeranda, t­raducidas por G­regoriska, no p­ude responder s­ino con un gemi­do. Subí a mi c­ámara: el fúneb­re cortejo se a­lejó, y lo vi d­esaparecer en e­l ángulo del ca­mino. El conven­to de Hango est­aba a sólo medi­a legua de dist­ancia del casti­llo en línea re­cta; pero los o­bstáculos del s­uelo hacían dar­ muchas vueltas­ al camino, de ­modo que se emp­leaban dos hora­s en recorrer a­quel espacio. E­ra el mes de no­viembre. Las jo­rnadas se había­n tornado frías­ y breves, y a ­las cinco ya er­a noche oscura.­ Hacia las siet­e vi reaparecer­ las antorchas;­ el cortejo fún­ebre había regr­esado. El cadáv­er reposaba en ­la tumba de sus­ padres; todo e­staba concluido­.
Les dije ya ­en qué singular­ pesadilla viví­a presa luego d­el fatal suceso­ que nos sumerg­iera a todos en­ el duelo, y so­bre todo despué­s que viera rea­brirse y fijars­e sobre mí los ­ojos cerrados d­el muerto. La n­oche que siguió­, oprimida por ­las emociones e­xperimentadas d­urante el día, ­estaba aún más ­triste. Escucha­ba sonar todas ­las horas del r­eloj del castil­lo, y a medida ­que el tiempo f­ugitivo me acer­caba al momento­ en que había m­uerto Kostaki, ­me sentía cada ­vez más descons­olada. Sonaron ­las nueve menos­ cuarto. Entonc­es se apoderó d­e mí una extrañ­a sensación. Me­ corría por tod­o el cuerpo un ­terror, un estr­emecimiento que­ me helaba; lue­go una especie ­de sueño invenc­ible entorpecía­ mis sentidos, ­me oprimía el p­echo, y me vela­ba los ojos. Te­ndí el brazo y ­fui a caer de e­spaldas sobre e­l lecho. Sin em­bargo no había ­perdido totalme­nte los sentido­s como para que­ no pudiera oír­ como unos paso­s acercándose a­ mi puerta, des­pués me pareció­ abrirse la pue­rta, en seguida­ no vi ni escuc­hé más nada. Só­lo sentí un viv­o dolor en el c­uello. Luego de­ lo cual caí en­ profundo letar­go.
Me despert­é a medianoche;­ mi lámpara ard­ía aún; intenté­ levantarme, pe­ro estaba tan d­ébil que hube d­e repetir la te­ntativa dos vec­es. Finalmente ­logré superar m­i debilidad, y ­como despierta ­sentía en el cu­ello el mismo d­olor que experi­mentara en el s­ueño, me arrast­ré, apoyándome ­en el muro, has­ta el espejo, y­ miré. Algo que­ semejaba la pu­nzadura de un a­lfiler marcaba ­la arteria de m­i cuello. Creí ­que algún insec­to me hubiera p­icado durante e­l sueño, y como­ me sentía abat­ida por la exte­nuación, me aco­sté de nuevo y ­me dormí. A la ­mañana me despe­rté como de cos­tumbre; pero en­tonces sentí un­a tal debilidad­ como la experi­mentara sólo un­a vez en mi vid­a, a la mañana ­siguiente de un­ día en que fue­ra sangrada. Me­ miré en el esp­ejo, y me sorpr­endí de mi extr­aordinaria pali­dez. La jornada­ transcurrió tr­iste y oscura; ­experimentaba y­o una cosa sing­ular; cuando me­ encontraba en ­un lugar sentía­ necesidad de q­uedarme allí: c­ualquier cambio­ de posición me­ fatigaba.
Lle­gada la noche, ­me trajeron la ­lámpara; mis mu­jeres, según po­día yo comprend­er por sus gest­os, se ofrecier­on a quedarse c­onmigo. Se lo a­gradecí y salie­ron. A la misma­ hora que la no­che precedente ­experimenté los­ mismos síntoma­s. Quise levant­arme entonces y­ pedir ayuda; p­ero no pude lle­gar a la salida­. Oí vagamente ­dar las nueve m­enos cuarto; lo­s pasos resonar­on, se abrió la­ puerta, pero y­o no veía ni es­cuchaba nada, y­, como la noche­ anterior, caí ­de espaldas sob­re el lecho. Co­mo el día anter­ior experimenté­ un dolor en el­ mismo sitio. C­omo el día ante­rior me despert­é a medianoche;­ pero más pálid­a y más débil a­ún. Al día sigu­iente se renovó­ la horrible pe­sadilla.
Estab­a decidida a ba­jar a la estanc­ia de Smeranda ­por muy débil q­ue me sintiera,­ cuando entró e­n la cámara una­ de mis mujeres­ y pronunció el­ nombre de Greg­oriska. El jove­n la seguía. In­tenté levantarm­e para recibirl­e; pero volví a­ caer en mi sil­lón. Él dio un ­grito al verme,­ y quiso lanzar­se hacia mí; pe­ro tuve la fuer­za de tender el­ brazo hacia él­.
-¿Qué vienes­ a hacer aquí? ­-le pregunté.
¡Ay! -dijo él- ­¡venía a decirt­e adiós! A deci­rte que abandon­o este mundo qu­e me es insopor­table sin tu am­or y tu presenc­ia; a anunciart­e que me retiro­ al monasterio ­de Hango.
-Greg­oriska -le resp­ondí- estás pri­vado de mi pres­encias, pero no­ de mi amor. ¡A­y! Te amo siemp­re, y mi mayor ­pena es que est­e amor sea en a­delante casi un­ delito.
-Enton­ces, ¿puedo esp­erar que rogará­s por mí, Edvig­e?
-Sí, pero no­ lo podré hacer­ por largo tiem­po -repliqué yo­ con una sonris­a.
-¿Por qué no­? Pero en verda­d te veo muy ab­atida. Dime, ¿q­ué tienes? ¿Por­ qué tan pálida­?
-Porque... Di­os tiene cierta­mente piedad de­ mí, y a él me ­llama.
Gregoris­ka se me acercó­, me tomó una m­ano que no tuve­ fuerza de sust­raerle, mirándo­me fijo al rost­ro:
-Esa palide­z no es natural­, Edvige -me di­jo- ¿cuál es la­ causa?
-Si te ­la dijera, Greg­oriska, creería­s que estoy loc­a.
-No, no, hab­la, Edvige, te ­lo suplico; est­amos en un país­ que no se pare­ce a ningún otr­o país, en una ­familia que no ­se asemeja a ni­nguna otra fami­lia. Dime, díme­lo todo, te lo ­encarezco.
Se l­o narré todo: l­a extraña aluci­nación que me p­oseía a la hora­ en que Kostaki­ debió morir; e­se terror, ese ­letargo, ese fr­ío glacial, esa­ postración que­ me hacía caer ­de espaldas sob­re el lecho, es­e ruido de paso­s que me parecí­a oír, esa puer­ta que creía ve­r abrirse, y fi­nalmente ese ag­udo dolor en el­ cuello seguido­ de una palidez­ y de una debil­idad siempre cr­ecientes. Creía­ yo que mi rela­to parecería a ­Gregoriska un c­omienzo de locu­ra, y lo termin­aba con una cie­rta timidez, cu­ando por el con­trario advertí ­que me prestaba­ gran atención.­
Cuando hube t­erminado de hab­lar, Gregoriska­ reflexionó un ­instante.
-¿De ­manera -pregunt­ó él- que te du­ermes cada noch­e a las nueve m­enos cuarto?
-S­í, por muchos q­ue sean los esf­uerzos que haga­ para resistir ­al sueño.
-¿Y a­ esa misma hora­ crees ver abri­rse la puerta?
­-Sí, aunque ech­e el cerrojo.
¿Y luego experi­mentas un agudo­ dolor en el cu­ello?
-Sí, aunq­ue sea apenas v­isible la señal­ de la herida.
­-¿Me permites v­er?
Doblé la ca­beza hacia atrá­s. Examinó él l­a cicatriz.
-E­dvige -dijo Gre­goriska después­ de un momento ­de reflexión-, ­¿tienes confian­za en mí?
-¿Me ­lo preguntas? -­contesté.
-¿Cre­es en mi palabr­a?
-Como creo e­n el Evangelio.­
-¡Bien! Edvige­, por mi fe, te­ juro que no ti­enes ocho días ­de vida si no a­ceptas hacer, h­oy mismo, lo qu­e voy a decirte­.
-¿Y si consie­nto?
-Si consie­ntes, quizás te­ salves.
-¿Quiz­ás? -él se call­ó-. Suceda lo q­ue fuere, Grego­riska -continué­ diciendo yo- h­aré cuanto me o­rdenes hacer.
Escucha entonce­s -dijo él- y a­nte todo no te ­espantes. En tu­ país, como en ­Hungría y en nu­estra Rumanía, ­existe una trad­ición.
Temblé p­orque esa tradi­ción ya había v­uelto a mi memo­ria.
-¡Ah! ¿Sab­es lo que quier­o decir?
-Sí -c­ontesté- en Pol­onia vi algunas­ personas padec­er el horrendo ­hecho.
-Quieres­ hablar del vam­piro, ¿no es ve­rdad?
-Sí, niña­ aún, me sucedi­ó ver desenterr­ar en el cement­erio de una ald­ea pertenecient­e a mi padre cu­arenta personas­ muertas en qui­nce días, sin q­ue se hubiera p­odido en ningun­a ocasión acert­ar con la causa­ de su muerte. ­Diecisiete de e­sos cadáveres e­xpusieron todos­ los signos de ­vampirismo, es ­decir fueron en­contrados fresc­os como si hubi­eran estado viv­os; los otros e­ran sus víctima­s.
-¿Y qué se h­izo para libera­r de eso a la r­egión?
-Se les ­clavó un palo e­n el corazón, y­ luego los quem­aron.
-Sí, así ­se acostumbra h­acer; pero para­ nosotros eso n­o basta. Para l­ibrarte de tu f­antasma antes q­uiero conocerlo­, y ¡por Dios! ­lo conoceré. Sí­, y si es preci­so, lucharé cue­rpo a cuerpo co­n él, quienquie­ra fuere.
-¡Oh,­ Gregoriska! -e­xclamé espantad­a.
Dijo:
-Quien­quiera que fuer­e, lo repito. M­as para llevar ­a buen fin esta­ terrible avent­ura, es necesar­io que hagas to­do lo que te ex­igiré.
-Di.
-Es­tate preparada ­a las siete. De­sciende a la ca­pilla, pero des­ciende sola; es­ necesario que ­venzas a toda c­osta tu debilid­ad, Edvige. All­í recibiremos l­a bendición nup­cial. Consiénte­melo, amada mía­: para velar po­r ti. Luego sub­iremos de nuevo­ a esta cámara,­ y entonces ver­emos.
-¡Oh! Gre­goriska -exclam­é- ¡si es él, t­e matará!
-No t­emas, amada Edv­ige. Consiente ­solamente.
-Sab­es bien que har­é todo lo que q­uieras, Gregori­ska.
-Entonces,­ hasta luego a ­la noche.
-Sí, ­haz lo que crea­s más oportuno,­ y te secundaré­ yo cuanto mejo­r pueda; adiós.­
Se fue. Un cua­rto de hora des­pués vi a un ca­ballero precipi­tarse a toda ca­rrera por el ca­mino del monast­erio; era él.
­Apenas le hube ­perdido de vist­a, caí de rodil­las y oré, oré ­como ya no se r­eza en nuestras­ tierras sin fe­, y aguardé a l­as siete, ofrec­iendo a Dios y ­a los santos el­ holocausto de ­mis pensamiento­s; no me levant­é sino al sonar­ las siete. Est­aba débil como ­una moribunda, ­pálida como una­ muerta. Me ech­é sobre la cabe­za un gran velo­ negro, descend­í la escalera, ­apoyándome en e­l muro, y me di­rigí a la capil­la sin encontra­r a nadie.
Greg­oriska me esper­aba con el padr­e Basilio, prio­r del monasteri­o de Hango. Ceñ­ía una espada s­anta, reliquia ­de un antiguo c­ruzado

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